miércoles, 25 de abril de 2012

El ajedrez como una alternativa de vida

Por Manolo Castillo Hoyos | 6o. Comunicación, escolarizado

El maestro Luis Miguel Flores Villar se distingue a la distancia por su sencillez. Su aspecto físico es el de cualquier hombre saludable de 50 años; cuando me acerco a él lleva barba como de unos tres días y pareciese un deportista retirado debido a su distintivo atuendo deportivo: pants, sudadera y gorra, pero no está retirado y el deporte que practica es mucho más que eso, es un juego con vida propia, un arte, una ciencia poco procurada en nuestro país: el ajedrez.


(Si quieres escuchar la entrevista en audio, haz click aquí) 

La vida

Su historia comienza en la ciudad de Reynosa, Tamaulipas en el año de 1957. Debido al trabajo de su padre debió mudarse a temprana edad hacia el Distrito Federal y allí pasó la mayor parte de su vida, hasta hoy, que reside en Cuernavaca desde hace 20 años.

Cuenta que en la capital de nuestro país tomó clases en el centro de enseñanza de ajedrez del Consejo Nacional de Recursos para la Atención de la Juventud (CREA), cuando tenía unos 20 años, aunque él comenzó a jugar a los 17. Afirma que el amor es algo que sólo se puede dar con el tiempo, amor y dedicación. 

En ese lugar se inició como un simple jugador y posteriormente, debido a su notorio y rápido progreso, le fue asignada la tarea de enseñar. Así, sin más presentación, descubrió su amor por la docencia de este juego, pues asegura que no hay mayor gratificación que compartir los conocimientos acumulados.

Dos años más tarde se convirtió en entrenador de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y tuvo la oportunidad de estudiar parte de su carrera como candidato a maestro. Logrando posicionarse como uno de los mejores ajedrecistas mexicanos a nivel nacional e internacional con una escala en ranking de dos mil 200.


La vocación postergada

El ajedrez fue siempre su verdadera vocación, pero nunca planeó realmente vivir de él, a pesar de que durante toda su vida se encontraron varias veces, Luis Miguel Flores tenía que ganarse la vida de algún modo, así que mientras tanto desempeñó labores en diferentes empresas tales como Televisa y Pepsi entre otros.

Al llegar a la edad de 37 años encontró el amor y se casó. Pasado el tiempo, la gran ciudad ya los tenía un poco cansados debido a las distancias y el tráfico, por lo que comenzó su búsqueda de una vida mejor, así que escaparon del caos y capitalino.

La oportunidad más cercana era Cuernavaca, pues ahí los padres de su esposa tenían una casita de campo, la cual comenzaron a frecuentar todos los fines de semana que podían. Lentamente fueron enamorándose de la tranquilidad de aquella pintoresca y pequeña ciudad, hasta que un día, de la manera menos esperada, literalmente la tierra misma se los sacudió debido al temblor de 1985, lo que jugó un papel definitivo para su traslado. Luis dijo:  “Estoy listo, ¿por qué no vivir todos los días como un día de campo?”

De esta manera se establecieron en Morelos y desde entonces ya han acumulado más de diecisiete años escribiendo una historia de amor en compañía de los nuevos intrigantes de su familia: sus dos hijos y la fortuna de aun contar con sus padres y hermanos. La mudanza no fue del todo difícil debido a que en comparación con el desastre natural en el D.F. las cosas se acomodaron muy bien para ellos, pues las instalaciones de  Caminos y Puentes Federales de Ingresos y Servicios conexos (CAPUFE) en las que el desempeñaba la labor de funcionario fueron transferidas también a Cuernavaca y pudo seguir con su trabajo, sueldo y comodidades sin tener que comenzar de cero.

Justo fue en una de esas oficinas donde un giro de 360 grados sucedería inesperadamente y cambiaría no solo su vida y obra y profesional, sino también en su vida personal. A los cuarenta años un día como cualquier otro se encontraba trabajado en CAPUFE, y comenzó a divagar y recapitular todos los trabajos en los que se había desempeñando y fue ahí cuando se hizo la difícil pregunta: - ¿Realmente esto me hace feliz?  

Dejó gustosamente sus vales de gasolina, cupones de despensa y el buen sueldo para comenzar lo que realmente lo hacia feliz. Dice que esta decisión no fue tan complicada para él, pues estaba convencido de que su vocación y su verdadera pasión era el ajedrez.

Un sueño en jaque

Uno de los sueños que desarrolló como apasionado ajedrecista de tiempo completo, fue  implementar el llamado deporte-ciencia en las primarias de todo el país como se acostumbra en países europeos. Desgraciadamente este sueño acabó en jaque mate mas pronto de lo que el imaginaba tiempo debido al cambio de sexenio y la poca disposición de las instituciones educativas.

Conforme han pasado los años Luis Miguel Villar González ha encontrado diferentes modos y estrategias para jugar ajedrez  pues asegura que después de muchas lecturas y experiencias, ha llegado a concluir: “el ajedrez es una artesanía, digamos que lo adapté y dice algo así: quien juega ajedrez con las manos es un principiante, quien juega ajedrez con las manos y la cabeza ya es un maestro y quien juega ajedrez con las manos, la cabeza y el corazón es un artista”.

El ajedrez una alternativa de vida

Decidió dedicarse de lleno al ajedrez a partir de los cuarenta años y estima en el ajedrez no hay edad: “Hablando de los cuarenta años la lógica indica que ya es demasiado tarde, pero a diferencia del  futbol soccer, tenis etc, varias de las grandes obras de ajedrecistas como por ejemplo un torneo en Suiza que ganó  Victor Cornoy cundo tenía 82 años, en segundo lugar quedó Judith Polgar, la mejor  jugadora del mundo y el tercer lugar era un muchacho de 17 años."


Luis Miguel Flores Villar, profesor de ajedrez recreativo
y  entrenados del representativo de la UAM.
"Como que no hay edad ni sexo a nivel profesional, claro que influye, entre uno es más joven tiene mayor capacidad de retención pero insisto, no hay, edad, sexo e incluso me atrevo a decir que religión, a diferencia del futbol que a los treinta y tantos uno se dedica mejor de entrenador, aquí uno lo puede seguir practicado a buen nivel, a cualquier edad”.   

Gracias a la facilidad que tiene como profesor de ajedrez, varios de sus alumnos han logrado conseguir importantes logros y títulos, aunque con su característica sencillez afirma que todos y cada uno de los logros obtenidos son gracias a ellos y no a él.


Todo comienza con un proceso de cantidad, asegura, el cual lentamente disminuye hasta que  puede apreciar quién tiene mayores aptitudes, pues al final de cuentas el alumno es quien tiene la decisión de entregarse a esta disciplina y esto se percibe en la dedicación, estudio, practica.


"Lo único que hago yo es reafirmar su confianza y conocimiento, sugerirles jugadas y movimientos para que obtengan experiencia en un tiempo menor al que yo la adquirí. Es decir algo que les llevaría semanas o incluso meses de aprendizaje yo trato de explicárselo en horas o días de una manera practica y mucho más divertida."



“En el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM) uno de mis alumnos, que por cierto era nigeriano, logró participar en los juegos de la Comisión Nacional Deportiva Estudiantil de Instituciones Privadas (CONADEIP) y ahí logró alcanzar el primer lugar, otra de mis alumnas de la misma institución logró el segundo lugar a nivel nacional en el mismo concurso.”

Por ahora se encuentra impartiendo clases en la Universidad Americana de Morelos (UAM), la Universidad del Valle de México (UVM) y el ITESM. Afirma que en la universidad Americana se han logrado grandes resultados en un periodo corto, lo cual le sorprende y motiva mucho para seguir en materia de docente.

La entrevista concluyó de manera práctica: en una partida de ajedrez entre tres de sus alumnas y un servidor en contra suya. Esta partida fue algo totalmente inusual, pues jugó contra nosotros de espalas sin voltear a ver el tablero, mostrando su habilidad mental y visual para darnos un espectáculo sensacional que incluso cautivó a alumnos y profesores que no son muy amantes de este juego. Ahí nos mostró con gran sencillez sus conocimientos, aperturas, jugadas y tácticas preferidas. El resultado era esperado, pues en menos de diez minutos, nos dejó en mate.

Luis Flores Villar me regaló unos minutos de su tiempo en las cuales sin trabajo alguno pudo transmitirme su pasión y amor por el tablero de ajedrez dejado me como lección que uno puede vivir trabajado o vivir de su trabajo, y que en la vida siempre se corre el riesgo de caer en jaque pero que también siempre existirán más de mil soluciones posibles para salir de el.

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