martes, 15 de noviembre de 2011

El dilema de Jacinto

Por Arturo Escajadillo
(5o. de Comunicación UAM sabatino)



            Con paso lento, cargando sus setenta y dos años, Eleuterio Munguía caminaba por ese estrecho sendero que lo llevaría Dios sabe a dónde. Un solo pensamiento rondaba por su cabeza, y un solo deseo lo animaba: encontrar a Jacinto Munguía, su hijo, quien salió huyendo de San José de Gracia, al resultar vencedor de un duelo en el que Filemón Prendes, queriendo lavar su honor, fue herido de muerte con una certera puñalada en el pecho.


           Mariana Prendes, hija de Don Filemón y causante del fatal enfrentamiento, fue testigo de cómo el hombre que amaba asesinaba a quien le diera la vida. Invadida por la ira y envuelta en llanto, maldijo a Jacinto, quien desconcertado corrió sin detenerse hasta llegar a su casa. Solamente pasó para que su madre, afligida, le diera la bendición.

-Cuídate m’ijo. No hagas más tonterías.

          En ese momento, vio en la mirada de Jacinto la irremediable fuerza de su destino, y supo que nunca más lo volvería a ver. Justo cuando terminó de persignarlo una lágrima resbaló por su mejilla para caer en el piso de tierra, mientras una parvada de cuervos profanaba el cruel silencio de la tarde.


          Genoveva de la Cruz, nunca había hecho planes; la vida sólo la había vivido. Se casó con Eleuterio cuando ella contaba apenas con dieciséis años y él rebasaba los cuarenta. Además de Jacinto, habían procreado a Peranza, llamada así por un error de la secretaria del juzgado civil, que al registrarla preguntó ¿Cuál es el nombre de la niña?, a lo que Genoveva respondió “Esperanza” entendiendo la distraída burócrata “es Peranza”. Al darse cuenta del error, Eleuterio sólo alcanzó a decretar con firmeza: “Pues así tenía que llamarse, Peranza”.


            Esa noche, Jacinto durmió tumbado sobre la yerba crecida de la pradera, con la mano apretando fuertemente su escapulario, cubierto sólo por las estrellas que silenciosas atestiguaban su desventura. La luz de la luna hacía más profunda la palidez de su rostro.


          Sin saberlo, Eleuterio Munguía acampó a pocos metros de distancia del sitio donde Jacinto había decidido descansar. Se quitó el sombrero y se recostó sobre su jorongo. No dejaba de pensar en cómo una mala acción de su hijo, en un momento, ocasionó desasosiego, tristeza, desconsuelo y pena en esas dos familias como consecuencia del impredecible suceso. Eleuterio cerró los ojos y se quedó dormido justo cuando Mariana Prendes terminaba de rezar el primer rosario en el velorio de Don Filemón.

Jacinto había nacido el mismo día en que el abuelo Matías, muy mayor, muy cansado y muy enfermo, quiso suicidarse. Amante del orden, lo preparó todo minuciosamente; escribió una nota explicando los motivos de su última decisión; se vistió con aquella camisa azul con filos blancos que le había confeccionado la abuela Julia; del desvencijado baúl francés, donde guardaba las cosas importantes, sacó el viejo revólver Colt; comprobó que estuviese cargado; se sentó al borde de la silla isabelina de caoba; posó con delicadeza el frío cañón del arma en su sien, y justo cuando iba a jalar del gatillo sintió una fuerte sacudida mientras el piso crujió estruendosamente; por un momento la habitación se llenó de remordimiento y de un olor a cera quemada que permaneció en el ambiente hasta que cesó el movimiento. El miedo lo paralizó y le quitó las ganas de matarse; azorado, interpretó lo sucedido como una señal divina y nunca más volvió a pensar en quitarse la vida.


        Como todo el pueblo, Genoveva se llevó un tremendo susto que hizo que el alumbramiento se adelantara. Ese día, entre el sobresalto por el temblor, la angustia del parto, y la alegría del nacimiento de su primogénito, Genoveva no imaginaba que años más tarde su vástago, contrario a los principios que sus padres le inculcaran, sería prófugo de la justicia.
Sudoroso y asiendo fuertemente el escapulario, Jacinto despertó sobresaltado; en su cabeza retumbaban insistentemente las palabras de Mariana, que dolían más que el saberse lejos de ella.


               La primera palada de tierra cayó sobre el féretro de Don Filemón, con el que Mariana sepultaba también todas sus esperanzas y su felicidad.


            Jacinto se sentía miserable, la culpa le provocaba una terrible opresión en el pecho; una tortura que le hacía pensar por momentos en regresar al pueblo, y entregarse en la comisaría, para pagar por el tremendo asesinato que había cometido. Sin embargo el miedo que le generaba la idea de pasar algún tiempo en la cárcel, también le exigía seguir huyendo, alejarse lo más que él pudiera sin voltear hacia atrás. Tenía la sensación de estar cayendo al vacío.


          Lo único que lo podía redimir era el gran amor que sentía por Mariana. La idea lo estremeció: dejar a un lado miedos y culpas, volver por ella, rogar por su perdón, convencerla de huir juntos, tratar de recuperar sus vidas, unidos hasta la eternidad. No era capaz de soportar la condena de vivir sin ella. A su mente llegó el recuerdo de la ocasión en que cruzaron por primera vez sus miradas, y aquella tarde apacible y lluviosa de otoño en que juntos, despacio, sin prisa, descubrieron la pasión que los condujo al paraíso y que provocó la ira de Don Filemón.

            Decidido, Jacinto dio media vuelta para dirigirse hacia su amada cuando sintió un fuerte dolor en la pantorrilla, el potente veneno de la serpiente empezó a hacer efecto, sintió que se le entumecían brazos y piernas, se le nubló la vista y se mareó.


          Quedó totalmente paralizado, más por el terror que por el veneno, se le dificultaba respirar, su corazón se aceleraba y por un momento pensó que le iba a explotar, de pronto entró en un profundo sopor.


           Mientras una densa neblina cubría la campiña, Jacinto tuvo un último pensamiento: que todo lo que había vivido las últimas horas, era un sueño, una pesadilla de la que pronto despertaría.


          El mismo instante en el que una mariposa azul se posaba sobre la mano izquierda de Eleuterio, una dulce sonrisa se posaba sobre el rostro de Jacinto.

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